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23 octubre, 2007

La navaja y el cordel

Crítica de la pelicula "Conversaciones con mi jardinero" de Jean Becker.
El artista maduro de ciudad que vuelve al pueblo y se reencuentra con su amigo de la infancia que sigue siendo de pueblo.
El mismo, renacido a gracias a la sabiduría de pueblo ancestral de su amigo, de pueblo, que reniega de los convencionalismos y de la diplomacia y revela en publico que los cuadros de su amigo artista exitoso (no figurativo como él) son una memez.
El mismo, artista, separado y con una amante veinte años más joven que él (antigua alumna, por supuesto) se escandaliza cuando su hija, de la misma edad que su amante, le presenta un novio de su misma quinta.
El amigo de pueblo, que se escandaliza al ver a su amante tomando el sol desnuda. ¡En el año 2007!
El mismo, enemistado con otro del pueblo porque le robó la novia hace 30 años.
El mismo, que se pasa las vacaciones con su mujer en Niza (fuera de temporada que es más barato) desde toda la vida.
El mismo, que en la mejor tradicion boyscout, le muestra al artista lo bien que va llevar siempre en el bosillo una navaja y un cordel. Y el artista, que en el colmo de la impudicia del director, nos muestra la jodida navaja y el cordel en la ultima escena de la peli.

Sumadle la interpretación rutinaria de Daniel Auteuil y éso es esta peli. Lo único rescatable, el trabajo, creíble, del paleto: Jean-Pierre Darroussin.
El resto: Tópico tras tópico, uno encima del otro, apilónandose hasta formar una montaña apestosa. Y al salir, la misma sensación pesada en las tripas, revueltas, después de comer en un chino. Pero estos fideos, ¿no estaban recalentados?

22 abril, 2007

Lo bueno de leer grandes articulistas...

Babel
es que te ahorras muchas cosas, por ejemplo, escribir críticas de pelis celebradísimas por la crítica y que a tí te han parecido una chorrada descomunal. Marías lo ha hecho por mí y me ha alegrado el día. No soy el único que piensa que la tontería elevada al cubo no es sinónimo de tragedia griega:

"Unos niños pastores marroquíes se hacen con un rifle que disparan sin ton ni son y como si la munición saliera gratis. A un matrimonio americano, que ha perdido a un hijo, no se le ocurre otra cosa que dejar a los dos que le quedan e irse a miles de kilómetros (...). La señora mexicana que cuida a esos niños no tiene otra idea que cruzar la frontera con ellos y con un sobrino impulsivo para asistir a una boda en el país vecino, y el guionista se encarga de que todo lo hagan tan mal como para acabar tirados en medio del campo, bajo una solana que deshidrata a los críos, y perseguidos por la policía de inmigración. Una joven japonesa sordomuda (pero que más que sordomuda parece retrasada mental) deambula por Tokio con sus amigas y una "necesidad de comunicación" (observan con agudeza los intelectuales) que se confunde fácilmente con salidez (...)
Para que haya alguna conexión con todo lo anterior, el anodino guionista hace que el rifle en manos de los niños pastores fuera regalado por el padre japonés de la sordomuda al guía que tuvo durante una cacería (?) en esa zona semidesértica de Marruecos en la que no se ve ni un animal, cabras aparte. Los marroquíes pobres son muy buenos y solidarios con la mujer americana malherida de un balazo pastor; los de la boda mexicana son muy vitales y cariñosos; la situación de la americana se eterniza, se estira; las escenas de la boda, también; las andanzas de la sordomuda la llevan a tirarse diez o más minutos de metraje bailoteando con los horterillas en una discoteca de la que el espectador no ve la hora de salir. (...)
Todo me resultó falso, gratuito, huero, mal hilado y artificial. (...)"